lunes, 6 de julio de 2015

No todo es fiesta el 6 de julio, Día del Maestro

No todo es fiesta el 6 de julio, Día del Maestro. También se recuerda las luchas del magisterio nacional. Historia que puede ser leída en Luchas del magisterio: de Mariátegui al Sutep, publicada por Grupo Narración en 1979.
            De acuerdo a este libro el Sutep, fundado el 6 de julio de 1972, tiene su antecedente en 1928, año en que, siguiendo las indicaciones de la III Internacional comunista, “se había constituido ya la sección peruana de la ITE (Internacional de Trabajadores de la Enseñanza), organización que agrupaba a los maestros sin distinción de niveles, bajo el principio de la lucha de clases y con la orientación personal de José Carlos Mariátegui” (p. 18).
La ITE, luego de una existencia corta, fenece al perder fuerza el Partido Comunista, y el magisterio, al igual que otros gremios, cae principalmente en manos del Apra. Sin embargo, ante la insistencia del partido de Haya por usar el término asociación en vez de sindicato y dividir al magisterio por niveles, “el Frente Democrático Magisterial (FDM) que preside el maestro Germán Caro Ríos, respaldado por el sector clasista del magisterio, defiende, en 1956, la tesis de sindicalización” (p. 30). La posición del Estado también es contraria a esta tesis: “ante las presiones legales que emprendió la dirigencia para el reconocimiento del sindicato (en 1966), vetó al dirigente Caro Ríos por comunista y condicionó el reconocimiento a su exclusión de la dirigencia” (p. 47).
Eso no amilana a los maestros porque el movimiento magisterial sigue bregando por un sindicato único. Así, en el Congreso Nacional de Unificación realizada en el Cusco, “luego de un amplio debate se aprobó el lema del Sutep: por una línea sindical clasista. Se adoptó este emblema oficial el creado por el maestro Germán Caro Ríos” (p. 148), quien ya había fallecido un año antes, siendo “su secretario general Horacio Zeballos Gámez” (p. 154). Sin embargo, “la gran prensa y las revistas de circulación nacional ignoran en absoluto el Congreso” (p. 154); y para el gobierno de Velasco “el Sutep no existe” (p. 167), porque la unificación del magisterio nacional, que era visto (y es visto hasta hoy) como un verdadero peligro, se había logrado.
El nacimiento del Sutep, como todo parto, fue doloroso: maestros perseguido, despedidos, presos: “1974 encontrará a los maestros en el Sepa y en las cárceles del país donde permanecerán por muchos meses más. Sin embargo, el Sutep en la práctica continuará manteniendo la hegemonía de la dirección del magisterio como su legítimo organismo representativo” (p. 173).
Las luchas de los maestros del Sutep podemos encontrarla también en Maestra vida (novela verdad, dice el subtítulo), escrita por Guillermo Thorndike y editada por Derrama Magisterial el 2013 (la edición anterior, Mosca Azul Editores); trata sobre la vida de Horacio Zeballos y su participación en la fundación del Sutep.
           
El libro de Thordike comienza cuando Zeballos recibe su título de profesor a fines de 1963 y termina cuando fallece en 1984. Entre esos años, las dictaduras de Velasco y Bermúdez se ensañan con los maestros del Perú: “Bastaba ser sutepistas para que se les atribuyera la condición de subversivos” (p. 144). Y en esos tiempos, había que ser sutepista para cambiar la condición de “esclavo de corbata” (p. 13) que tenía el maestro.
            Pero Zeballos no solo es sindicalista, también es político. Militó en PCP-Patria Roja y militante de este grupo asume la dirigencia del Sutep, con la consigna de organizar un sindicato único para los maestros del Perú. “La verdad era que los maestros querían la unidad. Tenían un solo patrón, el Estado” (p. 56). Por supuesto que por buscar dicha unidad, terminó en el Sepa. Y como político también pretendió unificar a las izquierdas para las elecciones de 1980, pero los líderes, según la novela verdad de Thorndike, no se pusieron de acuerdo. “Solía repetir Zeballos que esta vez el pueblo no perdonaría el fracaso de la unidad. Estaba seguro de que los partidos recibirían el castigo de una humillación en las ánforas” (495). Sin embargo, el electorado no le dio la espalda al sutepista: sale elegido diputado por Arequipa. De “subversivo” a diputado. “Esa rara imagen quedaría al final de Horacio Zeballos, el pelo en desorden, la fulguración de sus ojos alumbrando la inmensa barba negra, el cuerpo huesudo y un fusil que no disparaba en lo alto de sus brazos flacos. Un tosco fusil sin balas, hecho de sauce” (p. 496).
            Siguiendo la historia de agravios contra los maestros del Perú, se nos presenta el caso La Cantuta: 18 de julio de 1992. El gobierno fujimontecinista, a través de su brazo armado Grupo Colina, secuestró y asesinó a un profesor y nueve estudiantes de la Universidad Nacional de Educación, conocida como La Cantuta. Este hecho criminal fue llevado a la novela por el maestro y escritor Félix Huamán Cabrera en Qantu: flor y tormenta y a la crónica por Efraín Rúa en El crimen de La Cantuta.
            Asimismo,  Sócrates Zuzunaga, maestro y escritor, con respecto a los años ochenta y noventa nos dice: “Los profesores éramos los que más sufríamos los efectos de la represión militar”. 
        Finalmente, la frase del maestro Ricardo Dolorier expresa muy bien todo lo señalado con respecto al movimiento magisterial: “Ser maestro en el Perú es una forma muy peligrosa de vivir y una forma muy hermosa de morir”.