domingo, 13 de mayo de 2012

A la luz del amanecer


Mariano de los Ríos es el personaje principal de la novela de Edgardo Rivera Martínez. Él ha crecido en la zona andina central. Luego ha viajado por el mundo como un profesional en minería. Pero ya cansado de andar ha decidido regresar a su pueblo. Al hacerlo, recuerda su infancia, sus amores, sus estudios, su vida.

Esos recuerdos hacen que podamos adentrarnos al mundo ficcional de Edgardo Rivera. El lector también viaja a Soray. Y conoce algo de la mitología andina: amarus, wamanes, apus. Ahí están los ríos, los cerros, las casas; todo lo que corresponde a un pueblo de la zona andina central del Perú. Es una recreación de esa parte de nuestro país.

ERM, en esta novela, retrata el Perú andino central en esa condición que tiene esta: cosmopolita. Esto a diferencia del Perú andino sureño, que tiene una cultura menos cosmopolita, arraigado en lo autóctono. Ello se entiende porque los pobladores de lo que comprende hoy la región de Junín, en la época de la invasión española, establecieron alianza con los españoles. Como no se habían dejado doblegar por los incas, consideraron aliado a los invasores.

            Y el hecho de que el personaje principal regrese a tu tierra es sugerente: ver y conocer el mundo para luego tomar lo necesario en bien de nuestra cultura.

domingo, 6 de mayo de 2012

Ejecución extrajudicial e impunidad


A estas alturas de la historia ya no se puede dudar que en la embajada del Japón hubiera ejecución extrajudicial. Ni siquiera quienes defienden a rajatabla a los comandos que derrotaron a los emerretistas pueden dudarlo: un testigo ha visto con vida a un emerretista rendido (“Tito”), que fue regresado a la embajada, luego apareció muerto. No solo eso: la bala tiene entrada de atrás hacia delante en la cabeza, y fue la única bala. Así lo señala el peritaje.

Eso de meter bala con impunidad no es nada nuevo. Tiene décadas de  historia. Más de lo que se cree. El 69, por mencionar un caso anterior al 80, se disparó contra peruanos en Huanta. En base a ello, Ricardo Dolorier crea el huayno Flor de retama (Por cinco esquinas están / los sinchis entrando están. / Van a matar estudiantes huantinos de corazón). Luego tenemos el caso de los penales: 1986 y 1992. El caso Cayara. El caso Acomarca. El caso Putis (con pillaje incluido). Etc.

Sin embargo, la época en que la impunidad llegó a su máxima expresión fue en los noventa, donde un gobierno dictador apoyó y dio luz verde a la impunidad, llegando incluso a amnistiar a asesinos del caso La Cantuta y Barrios Altos. Hechos innegables desde el ángulo que se le vea. Hechos donde un grupo de personas que pertenecían a la estructura militar, ojo no un hecho aislado, con presupuesto especial, con infraestructura propia, con todas las facilidades para los operativos de la muerte, y con el reconocimiento oficial, asesinaron a supuestamente senderistas, sin ninguna prueba. Ni siquiera a 20 años después se ha dado pistas de que las personas asesinadas pertenecieran a Sendero.

Esa actitud de impunidad al parecer se está volviendo parte de la disciplina militar y policial. Porque incluso en actos que no tienen nada que ver con el senderismo y emerretismo también aparecen: el caso Calero, donde la policía lo tortura y lo asesina, para después “fabricarle” una mochila con marihuana; el caso de los supuestos delincuentes, que fueron asesinados por la policía en Trujillo, entre otros. La impunidad campea. Los actores “se saben” impunes, y hasta reciben felicitaciones por sus actos, o amnistías. Ese coronel en Trujillo. Es que según el cachaco, digo presidente Humala, ellos están por encima del bien y del mal.

Ahora bien, en el caso específico de la embajada del Japón donde sí hubo ejecución extrajudicial, los ayayeros del fujimontecinismo argumentan que fue una operación impecable, limpia. Que eso de “los gallinazos” (grupo especial que entró a la embajada con ese objetivo, no los comandos) es un invento del periodismo o de los caviares. No, no es un invento, tampoco nuevo. Lo mismo pasó el lo de las cárceles. Es parte de la disciplina militar y policial.


Para los defensores de impecabilidad de la operación de la embajada, nunca hubo ejecución extrejudicial, que en resumen es asesinato, un delito, y punto. Ni los actos de vigilia, ni las condecoraciones a la heroicidad (innegable) de quienes rescataron a los rehenes en la embajada pueden ocultar ese hecho real, donde uno, dos o tres “gallinazos”, no sabemos, haya cometido tal delito.  Tampoco se sabe quiénes son esos “gallinazos”.  Aunque, eso sí, sabemos que los “gallinazos” de los “gallinazos” son ese par de sátrapas: Fujimori y Montesinos.

sábado, 28 de abril de 2012

Bombardear animales del monte


A propósito del senderismo en el VRAE, uno de los nuevos senderólogos, un innombrable, ha dicho, haciendo referencia a la condición de los integrantes más jóvenes de la columna senderista, que “no conocen la ciudad, son animales del monte”. Traducción: animal montés.

O sea, la gente que no conoce la ciudad es un animal del monte, esto en el caso de que viva en la selva. Siguiendo ese raciocinio, supongo que, para el caso de la zona andina, quien no conoce la ciudad sería “animal andino”, o su variante “animal serrano”, o tal vez “serrano animal”. Y si vive en la costa, sin conocer la ciudad, sería “animal costeño”. A menos que piense el senderólogo que ser de la costa es garantía de humanidad.

O sea, para el innombrable conocer la ciudad te da el dni de humano. Ciudad = humanidad. Todo lo demás = animalidad. Animal de las rocas, animal de los ríos, animal de las cuevas, animal de los bosques de piedra, animal del mar, animal del lago, en estos últimos casos quizá sean peces, no sabemos. Habría que preguntarle.

O sea, para el innombrable, fácil bombardear toda la selva, de los que no conocen la ciudad. A quien le importa si ahí no viven humanos, sino animales del monte. Y como son animales del monte no hay derechos humanos, porque derechos humanos son para humanos. Obviamente. No hay derechos para animales de dos pies, ¿o será patas? Habría que preguntarle.

O sea, para el innombrable está justificado Cayara y Putis. Porque para él, siguiendo la misma lógica, no eran humanos, sino “animales andinos”. Entonces se podía ametrallar nomás. Hacerles excavar su propia tumba con el cuento de la piscigranja y enterrarlos ahí. Ahí no funcionan derechos humanos, ya sabemos por qué. Innombrable, dixit.

jueves, 16 de febrero de 2012

De lo que la palabra intelectual, descontextualizada, puede ocasionar


El escritor Rafael Inocente ha sido acusado de pro senderista, porque en una entrevista que le hice hace años había dicho que “Guzmán es un intelectual”. Cita descontextualizada por cierto porque sus detractores omitieron, supongo que a propósito, lo que seguía: “equivocado y… arrugón”. Y no creo que los pro senderistas hayan festejado tal afirmación. Todo lo contrario, lo habrán detestado, porque el término equivocado implica que sus planteamientos no son acertados (es necesario la redundancia en este caso), que no sirven, y arrugón significa cobarde.

Tal acusación tiene el único fin de fastidiarlo, destruirlo. Por cuestiones laborales, por piconería, que ha dado como resultado que algunos burócratas despidan a Rafael.

Ese hecho me recuerda: el caso de Federico García, cineasta, que fue despedido del Centro Cultural de la UNMSM por asistir a la presentación pública (si es público, cualquiera puede asistir) de un libro de Abimael Guzmán, sentenciado a cadena perpetua.

Este hecho me hace recordar que Gustavo Gorriti en su libro Sendero ha escrito que “Guzmán fue un estratega superior al otro (Che Guevara)”. Supongo que los detractores de Inocente no leyeron a Gorriti, porque sino también lo acusarían de pro senderista, porque, oh, dice que Guzmán es estratega superior. ¡Cuidad, Gorriti!

Sin embargo, ningún personaje del gobierno, se pronunció cuando su ministro (Valdez) dijo que admiraba el pragmatismo de Alberto Fujimori. No dijo que AF era pragmático, sino que admiraba ese pragmatismo. ¿Qué aspecto de su pragmatismo? Quizá la del 5 de abril de 92, o la de amnistía apresurada para sus secuaces de Colina, o el referéndum con fraude, o los delitos de lesa humanidad por el que está preso, tal vez los millones de soles que se embolsilló.

Evaluación escolar: una mentira sincera




Cuando se llega a fin de año, las libretas de calificaciones de los escolares se tiñen de rojo y azul. Si el azul prevalece, entonces el estudiante es promovido de grado; pero si el rojo se impone, el estudiante reprueba el grado. En la práctica, lo que debiera ser una cuestión de apreciación, balance y análisis resulta siendo una cuestión de suma, división, y de colores.

Este hecho de suma y división se puede convertir en un “acto tramposo”, en una sociedad donde el capital, el mercado, la plata, en resumen, son prioritarias; y no la formación integral.

Resulta que muchos colegios de gestión privada aprueban a todos sus estudiantes. No es que la institución educativa, los docentes y la práctica educativa sean excelentes. Sino que el sistema de evaluación ha sido construido para aprobar a todos, sí o sí. La fórmula de suma y división ha sido diseñada para cumplir ese objetivo.

Con respecto a esto, todos sabemos que en un colegio de gestión pública los números de las libretas de información son de color rojo o azul. Los rojos son de 0 a 10. Los azules de 11 a 20. El rojo indica desaprobado. El azul, aprobado. Y cuatro asignaturas en rojo el estudiante repite el grado. Un año más de lo mismo.

Esto no sucede en los colegios de gestión privada. Porque simplemente no resultaría llamativo un colegio donde tus hijos se desaprueban. Porque si uno paga es para que el resultado sea positivo: que no repita de grado o lleve asignaturas a cargo. Yo pago, luego mi hijo debe ser promovido de grado y con buenas notas. Con ese resultado, los padres felices, el dueño del colegio feliz porque su cliente no se irá, el docente feliz porque lo volverán a contratar: todos felices.

Pero en ¿qué consiste ese “acto tramposo”? Simple: en muchos colegios privados, el docente, los estudiantes y los padres “saben” que la nota mínima aprobatoria es 14, por ejemplo, dependiendo de los promotores. Pero, al mismo tiempo, “saben” que cuando las notas resulten 11, 12 o 13 y sean visadas por las entidades estatales correspondientes, la Ugel, serán consideradas notas aprobatorias. Slavoj Žižek llama a este tipo de situaciones una mentira sincera, en realidad, una gran mentira sincera.

Para esta gran mentira sincera, la nota 11, 12, y 13 significan que el escolar ha desaprobado en ese espacio concreto que es su colegio, pero que fuera de ella ha aprobado. O sea, los colegios de gestión privada han construido una realidad alterna: simbólica y ficcional, que funciona muy bien dentro de esta sociedad en la que vivimos. Porque incluso puede suceder que un estudiante tenga cinco asignaturas con nota 12, que según esta realidad simbólica debería repetir el grado, pero que para la realidad no simbólica, este mismo estudiante sería promovido. Pero es ahí donde la gran mentira sincera funciona a la perfección porque el escolar “repitente”, simplemente no repite de grado. En la realidad simbólica es promovido, al igual como en la realidad no simbólica.

Está fórmula lógico matemática también tiene su variante. Al docente, le dan una orden: “Aquí los estudiantes deben tener altas notas, no se les puede jalar”. Entonces, en esa realidad simbólica los docentes, padres de familia y docentes saben que todos los estudiantes deben tener notas altas: más de 14.

Esto sucede en la educación peruana, donde los que no tienen la posibilidad económica de construirse su realidad simbólica continúan con la idea de que el 11 es el 11, que el 10 es el 10, a diferencia del otro que sabe que su 12 es un 10 en un lado, pero de manera simbólica, porque que el sistema educativo le acepta como un 12. Total, vivimos en una sociedad donde uno puede hacer lo que se le venga en gana si es que se tiene plata.

jueves, 6 de octubre de 2011

Los ilegítimos1: de la ficción a la acción

I
Según el informe de la CVR, Hildebrando Pérez Huarancca habría comandado la columna senderista que mató a los comuneros de Lucanamarca en 1983. Sin embargo, dicho informe no es convincente porque el testimonio que recoge dice: “el que dirigía todo en general era Hildebrando Pérez Huarancca... es de Vilcanchos, es profesor que andó por aquí, la gente conoce, es alto, flaco, mestizo, estaba con pasamontañas”2 . Luego, si estaba con pasamontañas, entonces cómo es que lo reconocen.

Otro hecho en la vida de HPH: fue uno de los que fugaron de la cárcel Ayacucho, en un rescate de película que hiciera Sendero Luminoso de sus combatientes. A este hecho, sin embargo, Dante Castro le ha dado una explicación interesante: “HPH no era senderista, pero según los sabios investigadores de la fenecida PIP, todo rojo de verbo radical tenía que ser culpable del derribo de torres de alta tensión. Así lo llevaron al entonces militante de la UDP y tras una serie de torturas y amenazas de muerte lo condujeron al CRAS de Ayacucho. Fue como llegar al cielo, pisar celdas y pabellones, patio de tierra y ventana con rejas, pero ya no más la capucha maloliente con que lo tuvieron semanas y días. HPH, como sabes, fue liberado por el ataque senderista al CRAS de Ayacucho. Desde allí, sólo tenía un camino viable para salvar el pellejo. Tuvo que guardarse sus discrepancias ideológicas con el fundamentalismo gonzalista y tomar por ese único camino de supervivencia. No podía dar marcha atrás, nuevamente a la sala de torturas o a la ejecución extrajudicial. Se afilió a SL y se convirtió en uno de sus mejores cuadros de combate”3 .

Son situaciones en la vida de HPH que finalmente, al parecer, hacen que muera en combate. Sin embargo, meses antes de que los senderistas quemen las ánforas en Chuschi, él había publicado Los ilegítimos (libro de cuentos), dado a conocer en 1975, como ganador de un concurso.

II
HPH es un escritor que viene del Grupo Narración, que “concentró el clima revolucionario de fines de los años sesenta y comienzos de los setenta de la pasada centuria. Su propósito: una literatura, a la vez espléndida técnicamente y decisiva ideológicamente”4 . Este grupo fue conformado por escritores que asumían el socialismo como ideología y la literatura como un instrumento de combate al servicio de aquel. Literatura de compromiso social era el objetivo, denunciar los problemas sociales a través de la narrativa, así aportar en la construcción de una sociedad diferente.

Paralelamente a lo que sucedía en el aspecto literario, los partidos socialistas y comunistas prometían la destrucción del “viejo estado” a través de la violencia. Sin embargo, este discurso año tras año se mantenía solo como discurso. No había ningún indicio de concretar lo dicho. Sin embargo, militantes y simpatizantes reclamaban coherencia entre lo que se dice y los hechos. Es en esas circunstancias, en que un pequeño grupo de personas realizan un sabotaje a una de las sedes de las elecciones presidenciales (Chuschi). Este acto, casi desapercibido en ese entonces, se va convertir en un hito: del inicio de asesinatos, torturas, desapariciones, fosas comunes.

Este acto inicial no fue respaldo por el grueso de la izquierda peruana, a pesar de que, como ya dijimos, su discurso prometía traerse abajo a balazos el sistema económico social imperante. Se hizo lo contrario: incorporación al sistema electoral de esa institución al que llamaban “viejo Estado”. Gustavo Gorriti al respecto nos presenta a un Horacio Zeballos “agitando un fusil de juguete… (así) ingresaba exitosamente al sistema.”5

Así, a puertas del inicio de la violencia política, incluso la literatura de compromiso social tomó otros rumbos, porque “nuestras formas de combate social resultaban insuficientes”6 , Grupo Narración dixit. Entonces, unos asumieron que el discurso sin acción estaba por demás. Es ahí cuando aparece la figura de HPH.

III
El libro de cuentos Los ilegítimos nos presenta personajes campesinos, quienes se encuentran en condición de explotados. El autor, a través de él los planteamientos teóricos del Grupo Narración, hace una literatura de denuncia, sobre la reivindicación del campesino, de las clases populares porque “había un elemento común que nos unía por encima de cualquier contingencia: nuestra adhesión al mundo popular”7 . Fiel a ello, coloca escenas que describen un sistema social opresor:
Los disgustos hacia los principales renacen, se multiplican. (18)

Odio este lugar porque acá nos hicieron sirvientes. (25)

No te confíes, muchacho. Es igual con los mandones en cualquier parte. Siempre está buscando cómo agarrarlo desprevenido al pobre. (28)

Nunca estaba acostumbrado a lamer el plato de ningún principal. (47)

Los señores principales, dedicados antes a negocios grandes o a ocupar cargos públicos, se convirtieron en panificadores. Descubrieron una nueva mina: nuestro hambre. (56)

Las autoridades jamás serán amigos de ustedes. Son simples mandaderos del gobierno y son para ellos mismos. (66)

De esta manera, nos presenta un mundo dividido: explotadores (legítimos) y explotados (ilegítimos). Sin ninguna posibilidad de diálogo entre uno y otro. Ni siquiera en el amor, porque cuando uno de los personajes anda en amoríos con una muchacha, el padre de ella hace que envíen al transgresor al servicio militar, a modo de castigo. Los “principales” usan el aparato estatal para sus fines personales, para corregir lo que esté funcionando mal. Y si la situación se sale del control, incluso se llega al asesinato. “Los deudos de la masacre del sesentinueve aún no logran ubicar el cadáver de sus familiares” (32). Así la relación entre los ilegítimos y legítimos se mantiene inalterable en la estructura social.

Esta relación es válida desde la perspectiva de quienes tienen el control del poder económico y político. Pero no así desde el lado contrario, donde existe una actitud de cuestionamiento a tal condición. “Este hijo de nadie parece más gente que los legítimos de nuestros principales” (22). Eso en el discurso. También se presenta con acciones: protestas, huelgas, que finalmente serán acalladas “con bombas lacrimógenas y luego balaceándolas sin más por qué” (73).

La superioridad de los legítimos sobre los ilegítimos es legitimada por el Estado. Las fuerzas del orden la sustentan y la defienden, como ya se demostró líneas arriba. Y si es necesario validar esa relación ante la sociedad, el poder de los legítimos la legitima con prácticas crueles. “A tu padre lo marcaron en la nalga izquierda con un hierro al rojo vivo las autoridades” (74). De esta manera, el rol de cada uno queda delimitado: sumisión y mando.

Ese es el mundo que representa HPH. Al respecto Hibbett ha dicho que “El libro termina siendo la exposición de un problema, y no de una solución”8 . Sin embargo, en Los ilegítimos se puede leer que “cuando acá los barramos (a los principales), se levantarán los adinerados del mundo entero para defenderlo. Entonces necesitamos mucha paciencia y bastante dinero” (66); o “tiemblan viéndote en grupo” (28). Estas frases no son dichas en el vacío, sino que, ya lo vimos, van acompañadas de acciones de rebeldía, con la finalidad de mejorar la condición de vida de los ilegítimos.

Sí, Los ilegítimos es un libro de reivindicación de los ilegítimos, de denuncia contra los legítimos, y siguiendo la máxima del Grupo Narración: “libre aplicación de los aportes de la modernidad literaria de acuerdo a nuestra filiación de clase”9 . Porque no solo es compromiso social en el contenido sino también lenguaje literario, experimental. Y si las circunstancias no hubieran hecho que HPH muera, entonces quizá tendríamos obras más desarrolladas. Pero eso solo quedará en la especulación, dado que él tomó otro camino, el no literario.

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1 Hildebrando Pérez Huarancca. Los ilegítimos. Ediciones Narración. 1980.
2 Informe de CVR. Tomo 5. En: www.cverdad.org.pe. pág. 45.
3 Testimonio recogido por Gustavo Faverón Patriau en El destino de Pérez Huarancca, publicado en: www.puenteaereo.blogspot.com. 18 de junio del 2006.
4 David Abanto. “Grupo Narración: La redención a través del compromiso”. En: El Grupo Narración en la literatura peruana, de Néstor Tenorio Requejo. Arteidea Editores. 2006. Pág. 24.
5 Gustavo Gorriti. Sendero. Historia de una guerra milenaria en el Perú. Planeta. 2008. Pág. 32.
6 Miguel Gutiérrez. “Sobre el Grupo Narración”. En: El Grupo Narración en la literatura peruana, de Néstor Tenorio Requejo. Arteidea Editores. 2006. Pág. 47.
7 Miguel Gutiérrez. “Sobre el Grupo Narración”. En: El Grupo Narración en la literatura peruana, de Néstor Tenorio Requejo. Arteidea Editores. 2006. Pág.64
8 Juan Carlos Ubilluz, Víctor Vich, Alexandra Hibbet. Contra el sueño de los justos: la literatura peruana ante la violencia política. IEP. Lima. 2009. Pág. 113.
9 Miguel Gutiérrez. “Sobre el Grupo Narración”. En: El Grupo Narración en la literatura peruana, de Néstor Tenorio Requejo. Arteidea Editores. 2006. Pág. 66.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Despertares: un canto a la vida




Leonard es un niño que por una enfermedad ha quedado en estado catatónico. La medicina no puede hacer nada para ayudarlo. Pero luego de 30 años, al hospital donde se encuentra internado, llega un neurólogo. Este, a diferencia de los demás que laboran en ese hospital, es un científico. Su condición de tal le impulsa a buscar la forma de ayudar a los enfermos como Leonard, a través de diversos experimentos. En esa búsqueda, encuentra un medicamento que hace que los pacientes “despierten” (por eso el título).

Leonard ya no es un niño. Es un adulto. Desde su nueva posición redescubre el mundo. La ciudad donde ha vivido ya no es la misma. La música ha cambiado. Se asusta al ver un avión que pasa volando cerca. Se mete al mar medio cuerpo. Conoce a una hermosa mujer y se enamora. Ve el mundo nuevamente. Se emociona por la vida y por vivir.

Sin embargo, desde esa mirada de niño adulto entiende el mundo de manera diferente a los demás. Es una mirada mitad niño mitad adulto. En él hay una lucha de estos dos seres opuestos. Como niño es un soñador, que no quiere dormirse porque cree que no volverá a despertar (o al revés: que no volverá a soñar). Pero una vez que ha bebido nuevamente de la vida, sabe que no está soñando. Así, cuando el neurólogo Sayer (Robin Williams) le pregunta “¿Y qué te hizo saber que no soñabas?” Leonard (Robert de Niro) contesta: “Es que usted me entendió”. Dos seres aislados del mundo, de los humanos. Uno durante 30 años por su enfermedad, el otro por su apego a la ciencia. Pero, a pesar de eso, el entendimiento es recíproco. Ambos se entienden, hasta convertirse en amigos.

Leonard al redescubrir el mundo siente “la alegría de vivir” y esa alegría de vivir se la transmite a Sayer porque al final este acepta salir a caminar con la enfermera. Es que “el trabajo, el juego, la amistad, la familia: eso es lo que hemos olvidado, las cosas sencillas”, frase pronunciada por el paciente y repetida por el neurólogo. El salir a pasear, caminar, es simbólico de las cosas sencillas de la vida, en esta película.

El disfrutar de la vida solo la puede entender alguien que ha dejado de vivir durante tanto tiempo. En esa resurrección (despertar), se aprecia la vida, el respirar, la música. Leonard se siente prisionero en el hospital, pide que lo dejen salir a pasear. Ese acto simple de mirar el mundo con libertad, sin ninguna responsabilidad, solo caminar y sentir cómo el tiempo fluye, cómo las sensaciones perciben el mundo. En ese sentido, la película Despertares, dirigida por Penny Marshal, es un canto a la vida, a las cosas sencillas que uno puede disfrutar de ella.

Sin embargo, no todo puede ser felicidad. La ciencia no puede ayudar a Leonard. Este poco a poco es vencido por su enfermedad (los otros pacientes igual). Es ahí donde se muestra la actuación genial de De Niro, al representar a un ser atacado por los tic, que casi no lo dejan hablar. Su rostro se contrae. Su cuerpo se retuerce. Pero así, ante la mirada atónita de los otros pacientes, logra bailar con la chica que ha conocido en el hospital. Es una danza de despedida. Luego solo queda el estado vegetal, nuevamente.