sábado, 20 de junio de 2020

Coronavirus, hambre, muerte y educación


La cuarentena, en realidad las cuarentenas, decretada por el gobierno peruano ha sido brutal para las familias: alrededor de 12 millones de trabajadores son informales. Agregar a estos que a pedido de la CONFIEP se ha aplicado la suspensión perfecta (léase despido perfecto).

Es en ese contexto que Minedu, para no perder el años escolar, ha implementado la educación a distancia con Aprendo en Casa (Internet, televisión o radio), donde los profesores se comunican con sus estudiantes por teléfono o redes sociales. Hasta ahí todo bien, de maravilla. Sin embargo, veamos el otro lado de la moneda: coronavirus, hambre y muerte.

Primer caso: Un estudiante ha decidido no continuar sus clases escolares. La razón: en casa ya no tienen para comer. Su madre se dedicaba antes de la cuarentena a vender helados o caramelos, dependiendo del clima. Estos días de muerte lenta han sobrevivido gracias al apoyo de los vecinos. Pero ese tipo de vecinos no duran varias cuarentenas. Además, su familia no fue beneficiada por el bono de 760 soles asignado por el gobierno.

Segundo caso: El padre de una estudiante fallece por Covid-19, su madre está grave, ella empieza a sentir los síntomas. En casa empieza a faltar la comida.

Tercer caso: El abuelo de una estudiante fallece por Covid-19, su padre está en UCI, ella y su mamá dieron positivo. Ambas están con medicamentos en casa.

Cuarto caso: Un docente y su padre fallecen el mismo día, ambos por COVID-19.

Estos son algunos casos de una institución educativa que solo será un cuadro estadístico para los ternócratas de Minedu y ugeles. Son los docentes de aula quienes escuchan a diario estos casos y solo les queda llorar en silencio al otro lado del teléfono cuando el estudiante, madre o padre le cuenta la desgracia. Luego del nudo en la garganta, el docente hace su trabajo de dar soporte emocional y elevar su informe de cuadros y tablas que nadie leerá.

Cada caso, no solo impacta en las familias de los afectados. Afecta a toda la comunidad educativa. Si el padre de un estudiante fallece por COVID-19, sus compañeros ven la muerte cerca (también los docentes), piensan que en cualquier momento ingresará a sus hogares sin pedir permiso. Si un docente fallece, sus alumnos, ex alumnos y colegas sienten que la muerte los está cercando. No es lo mismo los fallecidos publicados en el periódico que alguien a quien conociste.


Y no solo el virus mata: también el hambre. Muchos han perdido sus trabajos (formal o informal). Un desnutrido tiene pocas opciones de sobrevivir al ataque de ese enemigo invisible. 

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